De botas y troncos (parte uno)

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Este post lo escribí a principios de año, cuando llegué de vuelta de mis vacaciones en el sur de Chile. Como las fotos del viaje estaban en la cámara de un amigo, esperé hasta tenerlas para publicar el artículo. Pero fue tanto lo que me demoré en conseguirlas (como un mes) que al final terminé publicando nada, a pesar de todo el tecleo que le había dedicado.

Pensarás que ahora tiene aún menos sentido publicarlo, pero no. Además de que últimamente sólo he publicado cosas sobre Linux y nada de la vida de carne y hueso, hay otra razón.

Resulta que ahora que estoy el mundo laboral, esta es mi primera "temporada de invierno" en que no tengo vacaciones (egresé el año pasado de mis estudios). Así que para desquitarme del no poder <a href="moverme de Santiago, y también para hacerle honor a los hechos, les entrego la primera parte del relato de mi mochileo al sur. Verano 2006, Puerto Varas - Llanada Grande - Chiloé - Futaleufú - Pumalín.

Espero que disfruten la historia. El nombre hace referencia al sitio donde estás. :)

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Creo que si tuviera que resumir mi viaje en pocas palabras, tendría que ser algo con "desconexión" o "caminata" o "sentado-al-lado-del-camino-masticando-el polvo-de-los-autos". Pero sobre todo, "árbol". En serio. Ni se imaginan la cantidad de árboles que vi durante el mes que estuve en el sur. Chicos, grandes, verdes, viejos, caídos, quemados, protegidos, legendarios, y bosque, siempre mucho bosque.

Este enigmático viaje partió con un giro incluso antes de que empezara. Llegué a Puerto Varas a juntarme con mi gran amigo Alfonso (el és literalmente grande, ya lo verán en las fotos) para partir al día siguiente a Chiloé, pero cinco minutos después de bajarme del bus suena mi celular.

- Tomás, te llamo por lo de la traducción del sitio que habíamos conversado... la necesito para esta semana.

Rotundo cambio de planes… Bueno, al mal tiempo buena cara.

Nos terminamos quedando en Puerto Varas esos días, en la casa de la hermana de Alfonso (donde tuve el tiempo conocer a su marido linuxero, Horacio). En un par de días logré terminar la pega, eso sí, como donde estábamos no había Internet, tuve que hacer todo a punta de de cibercafés y pendrives. (Aprovecho de agradecer a la Coni y Horacio por todo!)

Bueno, llegó el fin de semana, e invitados por la familia de Horacio partimos a un lugar llamado Llanada Grande, que queda de Puerto Montt hacia la cordillera. Qué digo, queda en la cordillera. El lugar queda desde el río Puelo hacia arriba, pasado el lago Tagua Tagua. Exacto: literalmente a la cresta. Hace poco me contaron que Llanada Grande salió en un programa en la televisión llamado "Pueblos Remotos de Chile" o algo así.

No estaban equivocados.

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Llanada Grande queda precisamente en la mitad del cordón montañoso de los Andes, es un microclima formado por un valle entre montañas nevadas. Lejos el lugar donde más animales vi en todo este viaje. Caballos, vacas, toros, ovejas, chanchos, patos, gallos (no sé por qué pero estos te despertaban en coro antes de las 5 am) y de todo tipo de insectos, incluyendo los malditos trintraros que me tocaron en más de un lugar allá en el sur.

De vuelta de Llanada Grande, con Diu (así le decimos a Alfonso) agarramos las mochilas y cruzamos a Chiloé, tomándonos el ferry por Pargua. En Chiloé no teníamos mucho tiempo así que enfilamos directo al sur (por Ancud pasamos pero sólo un rato). Esa noche llegamos a Achao, un lugar precioso; más encima llegamos justo el día de la Regata de Chiloé por lo que el paisaje marítimo incluía además un montón de veleros como adorno. Notable, al igual que la iglesia de Achao. Justo al frente había un cibercafé donde tenían "servicio técnico Linux". Quería sacarle una foto pero no alcancé; justo vimos el bus en la esquina y tuvimos que partir corriendo.

Próxima parada: el Parque Nacional Cucao. Estuvimos unas horas en Castro, donde recorrimos algo de la ciudad (básicamente la plaza, la iglesia y el puerto). Me acuerdo que me comí una empanada por ahí pero no me gustó nada. La iglesia, eso sí, muy bonita; además me impresionó la cantidad de exposiciones y actividades que habían en Castro. Y partió el bus a Cucao.

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Lejos, uno de los mejores lugares del viaje. Acampamos en un camping (se llamaba El Arrayán, dato) que daba directamente al Lago Cucao, un lago que se forma por una vertiente marítima que entra a la isla. Pero un lago rojo. Rojo rojo, de agua (para ser explícito) roja.

Después nos explicaron que esto era porque el arrayán suelta un pigmento que tiñe el agua de ese color. Nunca había visto algo así. ¿La noche? Buena buena, hubo guitarreo y fogata y "reineta a la parrilla" junto a unos vinos "cartonnére" marca Gran Portón.

No recomendado. Me refiero a los vinos.

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Al día siguiente fuimos a conocer la playa de Cucao, donde estuve cerca de tres horas echado haciendo fotosíntesis (los efectos del maldito "Portón"), hasta que mi amigo me fue a despertar porque era hora de partir. La playa de Cucao es, a todo esto, increíble. Por segunda vez: nunca había visto algo parecido, una playa tan tan extensa (y con tanto viento!), y con esa pululación de plantas que parecía una alfombra verde sobre la arena. Increíble.

(A mi amigo Alfonso se le había olvidado cargar la batería de la cámara así que no hay fotos de esa playa, lo siento).

Eran las 7.55 de la tarde y se suponía que el bus pasaba a las 8. Estábamos sentados esperando que pasara la máquina. Ocho de la tarde. Ocho cinco. Ocho diez. Ocho y cuarto y todavía nada. "Parece que nos fuimos", me decía Diu mientras yo guitarreaba al lado del camino.

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Efectivamente, nos fuimos.

- "Nooo, es que a veces el bus se da la vuelta antes y no pasa por acá", nos decía uno de los guardaparques de Cucao.

Maldita sea, a caminar no más.

Y sí que lo hicimos. Caminamos como 5 kilómetros, mochila al hombro, hasta llegar al pueblo de Cucao, donde había sólo un camping y casi ninguna posibilidad de que alguien nos pudiera llevar. En realidad, cero posibilidad de que alguien fuera a esa hora a Castro o siquiera a la vuelta de la esquina. Decisión: acampar en la playa a lo Vivac Nómadas. Partir al día siguiente a primera luz del día.

Eso es, dormir a la interperie.

No armamos carpa ni nada, nos tiramos así tal cual en la mitad de la playa, en la mitad de la noche, en la mitad de la nada. Sin luces ni nadie alrededor, mirando de frente a un mar de estrellas que ni se imaginan. Una imagen alucinante.

El "sombrero con hoyos" de Neruda.

Y no fue el frío ni los primeros rayos de sol, sino los ladridos de un perro lo que nos hizo despertar al día siguiente. Una vez más, a levantarse y emprender camino que el viaje continúa. Vamos a Quellón.

(Continuará… Pero por ahora puedes ver el resto de las fotos del viaje.)

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